Ciudad Juárez
| Dólar: COMPRA -12.49 VENTA - 12.97
Trasfondo
México no quiere ser independiente (¿?)
Carlos Murillo González
Septiembre, al igual que diciembre, deben ser meses para la reflexión y no sólo para celebrar a lo pendejo. Al “mes de la patria” le debemos una muy sincera y profunda introversión antes de invocar a las y los “héroes de la patria”, ¿cómo somos “independientes”?, ¿con quién(es) vamos a “celebrar” la independencia?, ¿somos libres y autónomos(as) o somos autómatas creyendo ser libres? ¿Doscientos años de independencia, independencia de qué?
La Paz, B.C.S – Estoy aquí de nuevo bajo el cielo azul de La Paz para hablar de Félix Córdoba. Treinta y cinco breves años han transcurrido desde aquel verano canicular cuando en la credulidad de mis 26 años me convenció de que no hay entelequias ni fantasías para quienes han aprendido a arar sobre la mar.
Lo recuerdo como si fuera ayer. En una minúscula casita cercana al mar, con un escritorio, una vieja Rémington, un archivero, dos sillas y un pizarrón, aquel hombre que había perdido la cabeza a la manera en que lo predicara Xavier Villaurrutia, dibujó en el aire y ante mi azoro su personal Utopía científica. Después me tomó cordialmente del brazo y me condujo a la playa desierta en donde se mecía una pequeña lancha de pescador –no recuerdo si tenía nombre-, con remos y motor Evinrude de un caballo.
El cambio de un gobierno a otro en nuestra actual democracia parece quedar reducido a un mero trámite burocrático, la entrega de actas, de oficinas y de cargos es, prácticamente, un ejercicio de papeleo, dejando en ello la oportunidad de una revisión profunda de las acciones del gobierno saliente. Si bien es cierto que los mecanismos de rendición de cuentas y transparencia están fincados en los informes de gobierno y las auditorías, el final de un periodo de gobierno tendría que ser también un punto de revisión profunda de los asuntos públicos, no sólo en un sentido de responsabilidad del gobierno saliente, sino como un forma de tener en claro el estado de las cosas que recibe el entrante.
La costumbre de los soterrados acuerdos políticos que permite que el gobierno nuevo “solape” en el peor de los casos o tan sólo deje en las sombras los saldos negativos de sus predecesores hace cada vez más nocivos los procesos de gobierno, pues es claro que no hay deuda que se perdone sin que se lleve un beneficio en ello. Aunque, por otro lado, está el riesgo de caer en la dinámica de la acusación continua, en donde el gobierno que inicia trata de responsabilizar de todo a quien estuvo antes que él. Quizá la mejor vía para evitar ambas dinámicas negativas es que los gobiernos se finquen sobre la transparencia efectiva.
Con la muerte del escritor Carlos Montemayor México está de duelo pero también lo están los habitantes de Lomas del Poleo. Cuando en noviembre de 2008 se informó al escritor sobre la situación de acoso y violencia en que vivían los pobladores de esa colonia del poniente de Ciudad Juárez y se le pidió su solidaridad e intermediación para que la voz de los colonos llegara más lejos, Montemayor no dudó en apoyar esta causa.
Gracias a él, la revista Proceso y el matutino La Jornada enviaron periodistas a esta frontera y ambos medios publicaron en las semanas siguientes reportajes en los que se daba a conocer que en Juárez, desde marzo de 2003, se había inaugurado una heterodoxa forma de gobernar en que las autoridades dejaban el mando de ciertas áreas de la ciudad en manos de particulares.
Si queremos realmente darle un nuevo impulso al país, es importante reconocer que la liberalización ha sido capturada por la derecha deteriorando su contenido democrático y radicalizando el fundamentalismo económico de mercado. Esto ha significado una gran dificultad para llegar a acuerdos y evitar la descomposición social. No es una situación inesperada o espontánea, comenzó desde la presión de las organizaciones cúpula de los empresarios, seguido de la incrustación de los tecnócratas en el aparato público, hasta el encumbramiento político del partido de la derecha. En el correr de tres décadas, México ha venido formando un caldo de cultivo para el encono por la falta de justicia social y por la creación de nuevas formas de opresión. Desaparecer todo sentido de justicia social es la vocación del orden imperante, la expresión de justicia social no es parte del lenguaje del grupo gobernante.
Francisco Flores Legarda
Detener a la derecha
Francisco Flores Legarda
Si queremos realmente darle un nuevo impulso al país, es importante reconocer que la liberalización ha sido capturada por la derecha deteriorando su contenido democrático y radicalizando el fundamentalismo económico de mercado. Esto ha significado una gran dificultad para llegar a acuerdos y evitar la descomposición social. No es una situación inesperada o espontánea, comenzó desde la presión de las organizaciones cúpula de los empresarios, seguido de la incrustación de los tecnócratas en el aparato público, hasta el encumbramiento político del partido de la derecha. En el correr de tres décadas, México ha venido formando un caldo de cultivo para el encono por la falta de justicia social y por la creación de nuevas formas de opresión. Desaparecer todo sentido de justicia social es la vocación del orden imperante, la expresión de justicia social no es parte del lenguaje del grupo gobernante.
Todo un terreno abandonado por las instancias oficiales que ha sido fértil para la germinación y florecimiento del lopezobradorismo. Esta corriente política volvió a llenar la plaza el domingo pasado pues tiene un tema que el gobierno no quiere o no sabe atender, el de la confrontación de la injusticia social. Programas y recursos los hay, pero no responden a la hora de reducir la pobreza, por el contrario, esta aumenta. Adicionalmente, el movimiento de López Obrador sigue usufructuando el monopolio de la movilización de masas porque el gobierno, el PAN y el PRI no tienen interés por disputárselo.
La derecha tan está en lo suyo, proseguir y mantener su esquema en el que todo se resuelve bajo un paradigma gerencial-empresarial-mercantil, en un ánimo de destruir lo que no coincida con su particular percepción de la realidad. Lo sucedido en torno a la liquidación de la Compañía de Luz y Fuerza es ejemplo de su torpeza. No sabemos si efectivamente hay una rectificación después del encuentro entre la secretaría de gobernación y el SME, que sirvió para concluir la huelga de hambre que sostenía un puñado de electricistas.
No hay que desviarse sobre si los huelguistas fingían su condición o sí Martín Esparza sólo persigue sus intereses personales. Lo importante es que con lo sucedido el gobierno dio cauce a su fantasía de lo que es su perfil del movimiento obrero: conformista, autolimitado y sumiso hasta la indignidad, propio de un sindicalismo doblegado ante la patronal, que no se atreve a plantear demandas de sus agremiados y que se limita a controlar la oferta de mano de obra en una rama o especialidad de trabajo y, sobre todo, que no ose aspirar a tener expresión política propia y se resigne a los postulados de la obsoleta encíclica Rerum Novarum.
Por eso el gobierno dio un golpe salvaje argumentado corrupción de los electricistas sin proceder penalmente, pues la denuncia no tenía asideros fulminantes. Si realmente esa era la justificación, porqué no se han prodigado más decretos para acabar con la corrupción que se da en otros sindicatos y en otros ámbitos. ¿Se puede acabar la corrupción por decreto? Si es así, porqué no se inicia por la casa propia. Sólo fue un pretexto para liquidar a un gremio que no le tenía afecto. Felipe Calderón se fue por el camino del decretazo sin sustanciar documentalmente la liquidación y sin buscar la participación legalmente establecida del Legislativo.
Bien o mal ejecutadas, el ciclo de las llamadas reformas estructurales se ha desgastado y se empantana por el embate del crimen organizado y la creciente militarización de su combate. Las fuerzas políticas que quieran asumir un rol dirigente en los próximos años tienen que pensar la reforma social que haga de la inclusión un principio de la convivencia nacional. Para esta orientación reformadora la derecha se ha autoexcluido. Por su parte, el movimiento de López Obrador ya dio un paso en ese sentido ¿Lo harán los demás partidos de izquierda? Incluso el PRI podría optar por asumir una posición reformadora si abrevara de su historia, sería un error de su parte considerar que su éxito futuro descansa exclusivamente en evitar la división interna. Sin abanderar causas sociales el PRI está liquidado.
A oscuras, así como para ajustar el escenario a la matanza.
Dilema y todo, los regidores PRI-PAN se emperran en "no aprobar cosas que no conocemos", como ese contrato de alumbrado público.
Es otra, una más de las transas en veremos -como la del Transporte Semimasivo- que los ediles se niegan a tragar, e insisten en quitar a Reyes Ferriz el gesto de castidad.
Quieren saber a donde se va tanto dinero; creen que la deuda llegará los 900 millones: una tercera parte del presupuesto de la siguiente administración.
Como están las cosas, casi cada reportera o reportero en Chihuahua, y en muchos estados de la República, deviene corresponsal de guerra. Pocas veces en la historia había sido tan riesgosa esta profesión en México, pocas veces tan necesaria. En esta interminable cuan ineficaz guerra decretada por Calderón, las y los trabajadores de los medios, sobre todo reporteros y fotógrafos, son no sólo testigos, también protagonistas de esta dolorosa historia social.
Una terrible prueba de la importancia de la labor de los trabajadores de la prensa, a la vez que de la molestia que ésta provoca en los poderes, ya sea institucionales, ya sea fácticos, son las numerosas agresiones que han padecido y que hacen de nuestro país el segundo más inseguro en el mundo para ejercer la profesión. Agresiones que pueden venir tanto de los criminales, como de los supuestamente encargados de combatirlos.
Mi estancia en la maquila duro un tramo de seis años. En aquella primera etapa recurrí a esta porque salí corrido de la prepa. En la segunda solamente fue por el placer de ser. Para entonces había dos fiestas por las cuales la gente se preocupaba: el dia de campo en verano, y la posada navideña. Ambos eventos rendían muchos frutos, pues la primera era donde se regalaban todas las chelas y en la segunda también. Había música y algún año de vacas gordas había mariachis, pero lo que nunca faltaba era la tragazón en abundancia. Se ponía bueno porque todos precian muy amables, acudían también los gringos “cacas grandes” y acarreaban a su familia, también los gerentes hacían lo mismo, tiraban más crema que los hueros, pero es de mencionar que sí le bajaban dos rayitas. Los maquilocos invitaban a sus familias, su servidor siempre con los cuates, sabía que habría cerveza y no podía desaprovechar quedar bien con Lupillo “el Teki” Sánchez, finalmente era barra libre yo pagaba todo.
Vivir en el Centro tiene muchas ventajas. Cuando pasamos por la esquina de Melchor Ocampo y Morelos, El Angustias suele regalarle fruta a mis hijos, y si son tunas hasta las pela para que se las puedan comer. Si visitamos a Don Tony, el de la farmacia, puede robarle una sonrisa a mi hija en su peor enfado y también le regala unas galletas a sus hermanos para verlos contentos. La señora que vende lotería, premia la educación del más pequeño pues le da unas golosinas si dice “buenas tardes”. Cuando compramos queso siempre nos regalan una pequeña porción extra. Incluso, si al ir a desayunar a Saul´s Jr. se me olvida el periódico, no hay problema, pueden ir a traerlo.
Lo malo de vivir en el Centro es ver la cantidad de usuarios de drogas ilegales que vagan con la mirada perdida, algunos se quedan en la esquina, hay quietecitos nomás guardado el equilibrio, otros no lo logran y caen al suelo poco a poco. Nunca sé si logran levantarse. Una vez vi a uno acostado en la puerta de una casa abandonada, las moscas entraban y salían por su boca, pensé que estaba muerto, pero al pasar de nuevo ya no estaba. La policía es inútil, los veo a menos de tres metros de donde los narcomenudistas venden sus bolsitas en plena calle.
A la información que día a día nos entregan los medios impresos no se le concede reposo, nos inunda con la nota roja del combate a la delincuencia organizada, de manera destacable en este sexenio. De la exaltación del debate entre los actores ya nos hemos acostumbrado como prueba fehaciente del pluralismo político. Y de la publicidad oficial una palabra la califica, es inmisericorde. Por querer encontrar lo relevante de la coyuntura perdemos la ominosa estructuración de un régimen policial y clerical que avanza frente a nuestros ojos. Pocas voces se atreven a denunciar estas amenazas en contra de las libertades conquistadas por la Independencia, la Reforma y La Revolución.